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Familias con miembros especiales

Traer al mundo a una hija o hijo con características especiales implica que cuidemos especialmente a ella o él, a nuestro sistema familiar y a nosotros mismos. 


Cuando esto se asume de forma cónsona este hijo se integrará mejor a la familia y a la sociedad. Un niño especial puede ser un gran vinculante entre los miembros de una familia, en la escuela y en otras organizaciones. 


En esto puede ser crucial encontrar apoyos para manejar mejor la situación. La ayuda de un especialista puede facilitar alternativas que desconocemos.


Como muestra de la hermosa influencia en nuestras vidas que pueden ejercer estos seres, reproduzco una carta de amor que escribí con mi gran amigo Luis Alfredo Olavarrieta para su hermana: Victoria. 


Victoria


Llevas más de 17 años tomándote tu tiempo, y cómo sé que te tardas, se me ha hecho una costumbre esperarte, y aquí seguiré. 
En la espera me lleno de ansiedad por nuestro encuentro, pero busco tranquilizarme, porque me has enseñado que cada cosa en la vida tiene su momento.
Recuerdo cuando todos en casa esperábamos ansiosos tu llegada, hablábamos de lo mucho que cambiarías nuestras vidas. Sabíamos que nos inundarías de esperanza, que tu esencia de niña y mujer transformaría nuestros prepotentes egos masculinos; y así fue.
Y aquí estoy, pidiéndole paciencia a Dios, porque sé que tú tienes tus ritmos, que no es bueno presionarte, que cuando llegues borrarás con tu presencia todo el ruido de mi cabeza. Entre tantas cosas, me repito una y otra vez, buscando transmitírtelo con el pensamiento: “Victoria, aquí estoy para ti”.
Al fin te veo y me asombro, porque hace poco eras una niña. Te has convertido en una señorita, una muy especial, una damita que en parte sigue siendo niña. El domingo pasado me dijiste: “Ya tengo 17 años, ¿puedes creer?”, como que a ti también te sorprende.
Cuando me ves, te emocionas, sonríes, sonreímos, gritas mi nombre: “¡Luis Alfredo!” y yo grito el tuyo: “¡Victoria!”. Observo cómo caminas hacia mí con paso acelerado, haciendo esfuerzos por mantener el equilibrio, para no tropezar, para no caerte. 
Cuántas veces he querido abrazarte por la emoción, pero tus manos estaban ocupadas sujetando tu andadera. Caminas rápido tambaleándote, como si se fuera acabar el tiempo. Te tranquilizo, te digo que no hay apuro, que tenemos toda la tarde.
Lamento que no pueda llevarte a una fiesta en la que bailes hasta el cansancio, pero de nada sirve mantener el sufrimiento que es sólo mío, porque tú estás feliz porque estamos juntos, porque te he venido a buscar.  
Te pregunto: “¿qué quieres comer?, ¿a dónde quieres ir?”. Contestas: “Lo que tú quieras, lo que yo quiero es estar contigo”. Y una vez más me haces pensar en lo injustos que somos quienes estamos sanos y nos molestamos por tantas cosas, porque mientras yo me quejo porque los puestos del estacionamiento están ocupados, tú me dices con cariño: “Si quieres vas y compras los helados, que yo me puedo quedar aquí esperando”.
Victoria, hermana, ni tus problemas psicomotores, ni tus dificultades para comunicarte te impiden transmitir tu amor. Te pido que, por favor, me comprendas, porque estoy haciendo mi mejor esfuerzo para demostrarte el mío, pero siento que me faltan palabras y que me quedan muchas cosas por decirte. Pero quise seguir tu ejemplo y darle para adelante. Dedicarte esta carta, porque me has enseñado que son preferibles mil derrotas con tal de asegurarme una Victoria. 
Gracias por enseñarme lo que puede ser vivir a plenitud, a pesar de todo. 
Nuestro amor es la mejor razón que tengo en el mundo para cantar Victoria. 


Tu hermano, Luis Alfredo


Por Daniel Duque @danielduque21

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